Jueves, 30 Julio 2026 17:16

Palma de aceite, ruta de paz, agronegocio y progreso: familia Flores Esparza

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Los productores del Cesar han encontrado en esta siembra una salida para enderezar sus ingresos y optimizar la calidad de vida que se hace visible año tras año.

En asuntos de agricultura aplica un término de la economía que encaja literalmente porque cada empresario o labriego se enfrenta bajo las inclemencias del sol y el agua con una realidad expresada en DOFA, debilidades, oportunidades, fortalezas y amenazas, aspectos que se expresan por todo, desde realidades climáticas hasta retos tan complejos como comercialización, sostenibilidad, renta, mano de obra, créditos y seguridad física, hoy un talón de Aquiles.

En desarrollo de la muestra comercial del Octavo Encuentro de Palmicultores Aliados de Palmas del Cesar, un evento que avanza en la ejemplar sede de esta empresa ubicada en el corregimiento de Minas en San Martín, Cesar, hubo espacio para todos y en esencia un lugar de privilegio para esas personas que desde la ruralidad formal creyeron en los procesos asociativos para tener en esa siembra una voz firme y uniforme que orienta y lleva a tomar la mejores decisiones en favor de muchísimas familias, hoy tranquilas y llenas de felicidad bajo la sombra del palmar y el fruto de un trabajo arduo, pero bien compensado.

El matrimonio del señor Ruben Flores con doña Dioselina Esparza es un claro ejemplo que hay vidas que se consolidan con el sosiego que implica decidirse por siembras de palma por cuanto hay ingreso, representatividad, apoyo y un modelo de desarrollo que redunda en dicha y plena felicidad.

En diálogo con Diariolaeconomia.com, el palmicultor Ruben Flores afirmó que cuenta con 25 hectáreas cultivadas con la salvadora palma en tierras del hermoso, fértil y siempre vallenato departamento del cesar.

 

 

Sostuvo que la asociatividad palmera es un excelente modelo agrícola que mejoró muchas vidas y por eso les recomendó a la totalidad de empresarios del campo y campesinado apostar por la unión y evitar ese equivoco camino de ir cada quien por su lado. Para progresar, recalcó Ruben Flores, lo mejor es estar asociado, algo que narra como experiencia de vida porque antes de la ganadería hubo trabajo y dinámica, pero los ingresos mejoraron considerablemente con la palma de aceite, plantación con la que dice, les ha ido mejor.

Por su parte la señora Dioselina Esparza afirmó que la agricultura de palma le ha parecido excepcional porque impulsa la rentabilidad, genera tranquilidad en las familias y le da toda la importancia a la mujer que sigue entusiasmada con este sembradío que llevó dinero y alegría a los agricultores que se inclinaron por esta agradecida labor.

 

“Para las mujeres, la palmicultura terminó siendo una bendición porque le permitió brillar con luz propia, hablar, expresar, proponer y tener acceso a unas personas que saben lo trascendental que es el género para la economía rural, básicamente en la palma de aceite, sector que exige personas inquietas, visionarias y dinámicas, un lugar ideal para tantas mujeres que han creído y crecido con este producto”, declaró la señora Dioselina Esparza.

 

Esta pareja decidió unirse, como manda la Santa Madre, por la iglesia hace 33 años, un poco más de lo que tarda en llegar a su punto máximo un cultivo de palma.

Recordó sus tiempos de ganadería, la siempre dura cría de bovinos, la posterior venta de sus tierras e otro sitio de Colombia y el arribo a palma de aceite, una propuesta de una mujer inquieta que vendía palma que los llevó, les mostró y finalmente el matrimonio Flores Esparza optó por quedarse en su nuevo desafío el Cesar palmero.

Dijo que la palma fue la apuesta de muchas personas que salieron de otros sectores productivos y descubrieron que con palma de aceite no solo se ganaba más plata sino que se vivía mejor, un cambio afortunado no solo para quienes tenían agricultura lícita sino para esos actores de las siembras prohibidas, hoy en una orilla de legalidad y regocijo.

Hoy esta familia sigue engordando ganado, hay menos reses, pero su trabajo y corazón siguen con la palma de aceite en vista que siente que con el cultivo palmero la vida es más fácil porque hay labranzas como la de maíz y otras que dependen plenamente del clima y de los precios.

 

 

Analizando la realidad global en donde hay conflictos que podrían escalar impactando el suministro de alimentos, la señora Dioselina Esparza dijo que es por eso que se hace perentorio reavivar el campo y una agricultura en declive que muy seguramente se va a necesitar porque cuando las guerras llegan bajan los inventarios y nadie le ayuda al prójimo. Observó que día a día hay mayor dificultad para que el campesino labore, razón que lo lleva a vivir permanentemente en las manos de Dios porque los gobiernos no apalancan a quienes producen comida, motivo más que suficiente para pensar en una sólida política agrícola de Estado que garantice insumos, créditos baratos y precios justos porque como están las cosas cada periodo es más retador para los labriegos.

 

“La patria se hace desde el campo, si no hubiera gente que sembrara y trabajara la ruralidad, sería imposible la provisión de alimentos para las ciudades y en general para una humanidad que depende del conocimiento y el esfuerzo de los campesinos”, comentó Esparza.

 

 

 

Una necesidad grande, manifestó la productora de palma es una línea especial y real de crédito para quienes requieren actualizar sus fincas con tecnologías, soluciones y bienes de capital, verbigracia, tractores como también herramientas, una insuficiencia que quieren conjurar los Flores Esparza que anhelan tener un impulsor y optimizar la mecanización, arar la tierra y acceder a muchos otros servicios que los pone en línea de competitividad y plena productividad lo cual sumado y perfectamente ejecutado es plata.

Doña Dioselina nació en Tibú, pero fue criada y amoldada a la cultura y el entorno del Cesar, por su parte Rubén Flores vio la luz de la vida en el Playón, Santander, se conocieron en tierras del Cacique Upar, dominios precolombinos de Chimilas y Kankuamos, allí prosperaron, tuvieron cinco hijos y los sacaron adelante con palma aceitera y ganado, un trabajo campesino que aman como el inmarchitable recuerdo del día aquel en el que se conocieron y viven plenamente en una vereda llamada El Pescado en el caluroso, pero amable municipio de San Alberto.

La juiciosa y dedicada mujer palmera destacó que lo grato que encuentra en el imperdible encuentro de Palmas del Cesar es que cada vez y año a año llegan nuevos asociados, una muestra de que las cosas se hacen correctamente y en línea con el desarrollo y la tecnología.

 

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