Viernes, 05 Junio 2026 23:54

¿Gana el centro o gana la polarización? Primera vuelta deja señal incómoda

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¿Gana el centro o gana la polarización? Primera vuelta deja señal incómoda Imagen-de-Gerd-Altmann-en-Pixabay

La principal paradoja del sistema político colombiano es que aquello que resulta más funcional para ganar elecciones no siempre coincide con lo que se percibe como más adecuado para gobernar.

Por: Carlos Alberto García

La primera vuelta presidencial deja varias lecciones relevantes para el análisis político y económico del país. Una de ellas, quizás la más importante, es que en la política electoral colombiana el centro sigue teniendo dificultades estructurales para consolidarse como una alternativa competitiva.

Durante años se ha insistido en la necesidad de construir propuestas moderadas, incluyentes y capaces de articular sectores diversos. En teoría, este tipo de enfoques resulta funcional a la estabilidad institucional y a la gobernabilidad. Sin embargo, los resultados recientes sugieren que las campañas con identidades políticas más definidas, capaces de movilizar emociones y lealtades claras, tienden a obtener mejores desempeños que aquellas ubicadas en posiciones intermedias.

La candidatura de Paloma Valencia ofrece elementos centrales para este análisis. Su propuesta buscó ampliar la base tradicional del uribismo mediante una estrategia de apertura hacia otros sectores políticos y ciudadanos. En ese marco se inscribió la escogencia de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial, con el objetivo de atraer votantes de centro y perfiles más técnicos.

Sin embargo, esa apuesta no logró el efecto esperado. Las intervenciones públicas de Oviedo, particularmente aquellas relacionadas con el expresidente Álvaro Uribe, fueron interpretadas dentro de amplios sectores del uribismo como desacertadas y generaron un costo político significativo en términos de cohesión interna. En lugar de ampliar la base hacia el centro, la estrategia terminó profundizando tensiones con el uribismo más tradicional, que no encontró en esa fórmula un punto de integración claro.

En la práctica, la apuesta por atraer el centro a través de esta fórmula no se tradujo en una expansión electoral significativa. Por el contrario, parte del electorado más fiel al uribismo se replegó hacia otras candidaturas, particularmente hacia la campaña del “Tigre”, mientras que los nuevos segmentos que se buscaban atraer no se consolidaron en votos efectivos.

A ello se suma que varios apoyos políticos y partidistas que se anunciaron durante la campaña, entre ellos sectores del Partido Liberal, el Partido Conservador, el Partido de la U, Mira y el Nuevo Liberalismo, no se materializaron en una transferencia efectiva de votos. Este fenómeno, recurrente en la política colombiana, evidenció nuevamente la distancia entre las adhesiones formales de las estructuras políticas y su capacidad real de movilización electoral, situación que en el debate público fue resumida con la frase: “nos dejaron los logos, pero los votos nunca llegaron”.

Otro elemento relevante fue la controversia generada por declaraciones del candidato a la vicepresidencia en torno a la posibilidad de que el expresidente Álvaro Uribe asumiera eventualmente el cargo de ministro de Defensa. Estas afirmaciones, posteriormente matizadas, tuvieron un impacto importante en la percepción de distancia frente al núcleo identitario del uribismo.

En una campaña altamente marcada por la identidad política, este tipo de señales resulta determinante. Para una parte significativa del electorado uribista, la figura de Álvaro Uribe continúa siendo un eje central de referencia, por lo que cualquier percepción de distanciamiento tiende a tener efectos inmediatos en la cohesión del voto.

El balance de esta primera vuelta deja una conclusión relevante para el debate sobre la competencia electoral en Colombia: en contextos de alta polarización, los incentivos parecen favorecer a proyectos claramente definidos por encima de aquellos que intentan construir síntesis o posiciones de centro.

Esto no implica que la moderación carezca de valor político o institucional. Más bien sugiere que la lógica de la competencia electoral no necesariamente coincide con la lógica de la gobernabilidad. Mientras las elecciones tienden a premiar la diferenciación y la movilización de identidades, el ejercicio de gobierno exige acuerdos, negociación y capacidad de integración.

En este punto resulta pertinente recordar a Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, donde se plantea que la política debe analizarse desde la realidad efectiva del poder y no desde aspiraciones normativas.

La primera vuelta parece confirmar esta dinámica. Aunque persiste en el debate público la idea de un espacio electoral de centro, los resultados sugieren que la movilización política se concentra en proyectos con identidades más nítidas, mientras que las apuestas de síntesis no logran consolidarse electoralmente.

En lo personal, y a la luz de este resultado, considero que en Colombia el centro no se consolida como una fuerza electoral competitiva en elecciones presidenciales. No por falta de propuestas o de liderazgos, sino por las condiciones estructurales de la competencia política actual, que tiende a favorecer opciones con mayor definición ideológica o simbólica.

En este sentido, la principal paradoja del sistema político colombiano es que aquello que resulta más funcional para ganar elecciones no siempre coincide con lo que se percibe como más adecuado para gobernar. La primera vuelta parece haber reafirmado esta tensión, que seguirá siendo determinante en la segunda vuelta y en la configuración del próximo gobierno.

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